Capitulo 1: la conspiración
Una conspiración se tejía en la tierra de Wonderland y nadie sospechaba de ella. Artemisa Rawlings, miembro de la corte, se paseó por los pasillos de los sótanos del castillo con seguros andares en dirección a las cocinas. Era la única que caminaba en aquellos momentos por el pasillo escondido de la luz del sol. Las llamas bailoteaban en las antorchas que colgaban de argollas a lo largo del pasaje, iluminando su bello rostro y sacando destellos de su recortada melena pelirroja. Sus ojos, grandes y marrones, solo miraban hacia delante y el sonido de sus tacones levantaba tenebrosos ecos. Para completar su indumentaria, llevaba un vestido de pujadas faldas, propio de la época victoriana y de color negro con ribetes blancos. Pese a su media estatura y su juventud, mantenía un porte serio y riguroso, aunque en su mente no haya ni un solo atisbo de lealtad hacia nadie que no fuera ella misma.
Lo tenía todo planificado. No había dejado ni un solo testigo. Bueno, alguien la vio recoger ingredientes en un campo de flores, pero no se le podía dar importancia a ese encuentro. Artemisa había conocido a un joven rubio e inocente llamado Regis. A punto estuvo de cortarle la cabeza con la guadaña enfundada que portaba su espalda y que usaba para recoger materiales y defenderse de los múltiples peligros de Wonderland. Por suerte, el muchacho no sospechó nada de sus autenticas intenciones.
En un acto reflejo, se llevó la mano al escote, donde se aseguró de que la botella de cristal que ahí guardaba quedaba bien oculta a la vista. Repasó mentalmente los pasos que había llevado a cabo para llegar hasta allí: preparó su pócima en la habitación de uno de los consejeros de la reina, dejando allí la olla hirviendo con su guiso, y llevaba encima una pequeña muestra con su creación mortal.
- Bonn…Apetit… -susurró una suave brisa que rozó como un siniestro tacto el cabello de Artemisa.
La chica se volvió, creyendo que había alguien más recorriendo el pasillo. Pero no había nadie. Estaba vacío. Sin embargo, tenía la extraña sensación de no encontrarse sola. Era un temor distinto al de ser descubierta. Tragó saliva, achacando su mente aquel sentir al nerviosismo. Al girar para continuar su camino, encontró a sus pies un naipe. Se agachó movida por la curiosidad, y le dio la vuelta: era el as de picas. Se lo guardó en el bolsillo oculto de su falda. El tiempo no le sobraba, y menos aún para curiosear. Ya más adelante se encargaría de saber cómo había llegado aquella carta allí. Echó a andar a paso vivo.
Su mente divagaba a causa de los nervios del momento, por lo que no se percató de que alguien se acercaba y doblaba la esquina. Los dos chocaron y cayeron al suelo violentamente. Artemisa tuvo suerte, y el percance no dañó la botella ni la sacó a la luz. Sin embargo, se había topado con la última persona con la que querría encontrarse en aquel instante…
- ¡¿Cómo te atreves a chocar conmigo?! –gritó enfurecido, incorporándose.
Era un noble. El más pomposo de todos, el consejero favorito de la reina de Wonderland. De oscura melena larga y ojos de un azul profundo, vestido con ropas elegantes y negras y una capa a juego, ocultando la espada envainada que siempre portaba. Su mirada altiva estudió a Artemisa mientras la chica se levantaba por sí misma. La joven procedió con precaución:
- Mis disculpas, señor –se alisó el vestido y limpió la falda de polvo –No me percaté hasta que no fue demasiado tarde. ¿Se encuentra bien, señor Mortis?
- ¡Estoy perfectamente! –chilló Mortis histérico –Tengo que ir a las cocinas y tengo prisa. ¡Guíame, como responsable de este accidente! –ordenó alzando la barbilla con orgullo despectivo.
La relación entre los dos cortesanos estaba manchada de odio. Albert Mortis era el consejero más valioso de la reina, que acataba a pies juntillas todos sus consejos. La razón de tal obediencia, era su “don”. Se consideraba un mago, un adivino, y como tal solía echarle las cartas a la reina y usar diversos métodos de adivinación para poder aconsejar a la reina con la sabiduría del Más Allá. Artemisa era totalmente racional, por lo que la actitud del consejero la asqueaba. Sin embargo, su puesto era inferior al de él, por lo que no le quedaba otro remedio que obedecer sin rechistar y reprimir sus auténticos sentimientos. Se rió de él para sí: si supiera la sorpresa que Artemisa le estaba preparando, seguro que iría a suplicarle piedad y compasión.
- Sígame pues, señor Mortis. Es por aquí.
Con la nueva e inesperada compañía, Artemisa terminó de recorrer el camino que la separaba de las cocinas.
Las cocinas era un constante ir y venir de criados, cocineros y cocineras. Lo mejor de lo mejor en cuestión de guisos se reunía bajo aquellas toscas paredes de roca para preparar las cinco comidas reglamentarias a la reina y sus vasallos. Entre los apetitosos aromas y lujosos platos, se levantaba una constante humareda que ocultaba los rostros de los que allí trabajaban sin descanso.
Artemisa se hizo a un lado para dejar entrar a Mortis, que se dirigió sin dudar a uno de los cocineros para, entre broncas, ordenarle que le cocinara algo especial y distinto para él. Después, sin despedirse, salió con la cabeza bien alta y desapareció de la vista, camino del comedor principal.
Artemisa esperó a que Mortis desapareciera del todo antes de dirigirse al mismo cocinero que Mortis había increpado.
- Mis disculpas. El señor siempre está así cuando tiene hambre. Me ha encargado que vigile personalmente que sus ordenes se cumplen a rajatabla.
Su tono no dejaba lugar a dudas. El cocinero consintió la presencia de Artemisa por allí, aunque su interés estuviera muy lejos del plato del consejero. Muy disimuladamente, sin levantar sospechas, la chica se paseó por la mesa en la que dejaban los platos ya hechos y marcados para cada consejero. Sacó entonces la botella de contenido grisáceo. La abrió y dejó caer en cada plato dos gotas. Tiró después la botella en un cubo de basura cercano, cubriéndose pronto con las sobras e inmundicias. Una vez terminada su misión, Artemisa continuó con su fingida historia de vigilar el plato de Mortis. Cuando todos acabaron, una tanda de camareros comenzaron a trasladar los manjares al comedor principal, y pidieron a Artemisa que se marchase. La chica obedeció, aguantandose las ganas de echarse a reír a carcajadas. Se sentía orgullosa de su plan maestro, llevado a cabo sin un solo fallo. Desvió su camino de tal forma que tuviera que pasar por delante del comedor principal. Llegó justo a tiempo…
En su interior, había empezado el desastre. Ante la misma reina, los consejeros empezaron a caer. Algunos se convulsionaban violentamente y otros, aullando de dolor, se caían de las sillas. Nueve de los diez consejeros reales se debatían entre la vida y la muerte. El único que permanecía a salvo era Albert Mortis…
Al grito asustado de la reina, acudieron un puñado de guardias. Aprovechando la confusión, Albert Mortis huyó. Artemisa le vio salir de la estancia y correr hasta perderse en la oscuridad del pasillo. Dejó que se escapara, y entró en la sala para intentar ayudar con la excusa de que los gritos le habían llamado la atención. Dio la alarma a los guardias, mientras se llevaban a la consternada reina de aquel dantesco espectáculo.
- ¡El señor Mortis se ha marchado! ¡Ha salido corriendo!
Pronto salieron en su persecución. Alguien le ordenó a Artemisa que fuera a buscar al médico real, y ella obedeció echando a correr. Cuando la confusión se despejase y comenzasen las investigaciones, acusarían a Mortis de traición. Y la pretensión de Artemisa se cumpliría…
Lo tenía todo planificado. No había dejado ni un solo testigo. Bueno, alguien la vio recoger ingredientes en un campo de flores, pero no se le podía dar importancia a ese encuentro. Artemisa había conocido a un joven rubio e inocente llamado Regis. A punto estuvo de cortarle la cabeza con la guadaña enfundada que portaba su espalda y que usaba para recoger materiales y defenderse de los múltiples peligros de Wonderland. Por suerte, el muchacho no sospechó nada de sus autenticas intenciones.
En un acto reflejo, se llevó la mano al escote, donde se aseguró de que la botella de cristal que ahí guardaba quedaba bien oculta a la vista. Repasó mentalmente los pasos que había llevado a cabo para llegar hasta allí: preparó su pócima en la habitación de uno de los consejeros de la reina, dejando allí la olla hirviendo con su guiso, y llevaba encima una pequeña muestra con su creación mortal.
- Bonn…Apetit… -susurró una suave brisa que rozó como un siniestro tacto el cabello de Artemisa.
La chica se volvió, creyendo que había alguien más recorriendo el pasillo. Pero no había nadie. Estaba vacío. Sin embargo, tenía la extraña sensación de no encontrarse sola. Era un temor distinto al de ser descubierta. Tragó saliva, achacando su mente aquel sentir al nerviosismo. Al girar para continuar su camino, encontró a sus pies un naipe. Se agachó movida por la curiosidad, y le dio la vuelta: era el as de picas. Se lo guardó en el bolsillo oculto de su falda. El tiempo no le sobraba, y menos aún para curiosear. Ya más adelante se encargaría de saber cómo había llegado aquella carta allí. Echó a andar a paso vivo.
Su mente divagaba a causa de los nervios del momento, por lo que no se percató de que alguien se acercaba y doblaba la esquina. Los dos chocaron y cayeron al suelo violentamente. Artemisa tuvo suerte, y el percance no dañó la botella ni la sacó a la luz. Sin embargo, se había topado con la última persona con la que querría encontrarse en aquel instante…
- ¡¿Cómo te atreves a chocar conmigo?! –gritó enfurecido, incorporándose.
Era un noble. El más pomposo de todos, el consejero favorito de la reina de Wonderland. De oscura melena larga y ojos de un azul profundo, vestido con ropas elegantes y negras y una capa a juego, ocultando la espada envainada que siempre portaba. Su mirada altiva estudió a Artemisa mientras la chica se levantaba por sí misma. La joven procedió con precaución:
- Mis disculpas, señor –se alisó el vestido y limpió la falda de polvo –No me percaté hasta que no fue demasiado tarde. ¿Se encuentra bien, señor Mortis?
- ¡Estoy perfectamente! –chilló Mortis histérico –Tengo que ir a las cocinas y tengo prisa. ¡Guíame, como responsable de este accidente! –ordenó alzando la barbilla con orgullo despectivo.
La relación entre los dos cortesanos estaba manchada de odio. Albert Mortis era el consejero más valioso de la reina, que acataba a pies juntillas todos sus consejos. La razón de tal obediencia, era su “don”. Se consideraba un mago, un adivino, y como tal solía echarle las cartas a la reina y usar diversos métodos de adivinación para poder aconsejar a la reina con la sabiduría del Más Allá. Artemisa era totalmente racional, por lo que la actitud del consejero la asqueaba. Sin embargo, su puesto era inferior al de él, por lo que no le quedaba otro remedio que obedecer sin rechistar y reprimir sus auténticos sentimientos. Se rió de él para sí: si supiera la sorpresa que Artemisa le estaba preparando, seguro que iría a suplicarle piedad y compasión.
- Sígame pues, señor Mortis. Es por aquí.
Con la nueva e inesperada compañía, Artemisa terminó de recorrer el camino que la separaba de las cocinas.
Las cocinas era un constante ir y venir de criados, cocineros y cocineras. Lo mejor de lo mejor en cuestión de guisos se reunía bajo aquellas toscas paredes de roca para preparar las cinco comidas reglamentarias a la reina y sus vasallos. Entre los apetitosos aromas y lujosos platos, se levantaba una constante humareda que ocultaba los rostros de los que allí trabajaban sin descanso.
Artemisa se hizo a un lado para dejar entrar a Mortis, que se dirigió sin dudar a uno de los cocineros para, entre broncas, ordenarle que le cocinara algo especial y distinto para él. Después, sin despedirse, salió con la cabeza bien alta y desapareció de la vista, camino del comedor principal.
Artemisa esperó a que Mortis desapareciera del todo antes de dirigirse al mismo cocinero que Mortis había increpado.
- Mis disculpas. El señor siempre está así cuando tiene hambre. Me ha encargado que vigile personalmente que sus ordenes se cumplen a rajatabla.
Su tono no dejaba lugar a dudas. El cocinero consintió la presencia de Artemisa por allí, aunque su interés estuviera muy lejos del plato del consejero. Muy disimuladamente, sin levantar sospechas, la chica se paseó por la mesa en la que dejaban los platos ya hechos y marcados para cada consejero. Sacó entonces la botella de contenido grisáceo. La abrió y dejó caer en cada plato dos gotas. Tiró después la botella en un cubo de basura cercano, cubriéndose pronto con las sobras e inmundicias. Una vez terminada su misión, Artemisa continuó con su fingida historia de vigilar el plato de Mortis. Cuando todos acabaron, una tanda de camareros comenzaron a trasladar los manjares al comedor principal, y pidieron a Artemisa que se marchase. La chica obedeció, aguantandose las ganas de echarse a reír a carcajadas. Se sentía orgullosa de su plan maestro, llevado a cabo sin un solo fallo. Desvió su camino de tal forma que tuviera que pasar por delante del comedor principal. Llegó justo a tiempo…
En su interior, había empezado el desastre. Ante la misma reina, los consejeros empezaron a caer. Algunos se convulsionaban violentamente y otros, aullando de dolor, se caían de las sillas. Nueve de los diez consejeros reales se debatían entre la vida y la muerte. El único que permanecía a salvo era Albert Mortis…
Al grito asustado de la reina, acudieron un puñado de guardias. Aprovechando la confusión, Albert Mortis huyó. Artemisa le vio salir de la estancia y correr hasta perderse en la oscuridad del pasillo. Dejó que se escapara, y entró en la sala para intentar ayudar con la excusa de que los gritos le habían llamado la atención. Dio la alarma a los guardias, mientras se llevaban a la consternada reina de aquel dantesco espectáculo.
- ¡El señor Mortis se ha marchado! ¡Ha salido corriendo!
Pronto salieron en su persecución. Alguien le ordenó a Artemisa que fuera a buscar al médico real, y ella obedeció echando a correr. Cuando la confusión se despejase y comenzasen las investigaciones, acusarían a Mortis de traición. Y la pretensión de Artemisa se cumpliría…

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